Asesinato de Pedro Arbués

Resumen

En la madrugada del 14 de septiembre de 1485 en la catedral de La Seo, después de dos intentos anteriores, atentaron con éxito contra la vida de Pedro Arbués, primer inquisidor de Aragón. Zurita cuenta que fueron dos cuadrillas en las que iban Juan de la Abadía, Vidal Durango, Bernardo Leofonte y Juan de Esperandeu, entre otros, los que entraron por dos puertas y frente al altar mayor de La Seo acuchillaron al inquisidor; conocido que llevaba cota de malla bajo el hábito, recibió unas cuantas cuchilladas en el cuello que le dejaron agonizante, donde le recogieron los clérigos que en ese momento estaban rezando maitines y murió a los dos días.

Lugares

Catedral de la Seo, Zaragoza

Fecha

14 de septiembre de 1485

Tipo de violencia

Física, asesinato

Insitución/Agente

Judeoconversos

Víctimas

Pedro Arbués

Felices de Cáceres (Atribuido). Entre 1594-1600. San Pedro de Arbués ante la Virgen y el Niño. Ermita de la Virgen de Jaraba. Zaragoza

Contexto

Pedro Arbués (Épila, 1441-Zaragoza, 1485) de familia nobiliar (Antonio Arbués y Sancha Ruiz), estudió en el Estudio General de Zaragoza y en el Colegio de San Clemente de los Españoles de Bolonia donde fue doctor en 1473 y catedrático.

 Fue, de facto, el primer inquisidor para el reino de Aragón, nombrado por el rey Fernando el Católico el 4 de mayo de 1484 (en las Cortes de Tarazona de ese año hay una Junta sobre la Inquisición de la fe en Aragón, según narra Zurita). Al margen de la polémica suscitada sobre su nombramiento, su posible contrafuero y el hecho de que también Gaspar Juglar fue nombrado en la misma fecha (aunque moriría en enero de 1485, según algunos, envenenado), el hecho es que, para el potente grupo de judeoconversos aragoneses, muchos de ellos cercanos al monarca, y para muchos foralistas, la instauración del Tribunal del Santo Oficio en Aragón suponía contravenir las leyes del reino y emprendieron una pelea por su anulación.

No hay que olvidar que Teruel se negó a recibir a los inquisidores, quienes excomulgaron a los magistrados y el rey, cercando la ciudad en febrero de 1485, acabó con la resistencia y, a pesar de los greuges en las Cortes, la Inquisición quedó constituida en el reino y comenzó a actuar persiguiendo la herejía; en la práctica, a los judeoconversos, judaizantes y blasfemos.

 En este contexto hay que situar la llamada conspiración que atentaría contra el canónigo Pedro Arbués en la madrugada del 14 de septiembre de 1485 en la catedral de La Seo, después de dos intentos anteriores. Zurita cuenta que fueron dos cuadrillas en las que iban Juan de la Abadía, Vidal Durango, Bernardo Leofonte y Juan de Esperandeu, entre otros, los que entraron por dos puertas y frente al altar mayor de La Seo acuchillaron al inquisidor; conocido que llevaba cota de malla bajo el hábito, recibió unas cuantas cuchilladas en el cuello que le dejaron agonizante, donde le recogieron los clérigos que en ese momento estaban rezando maitines y murió a los dos días. Pronto el hecho fue tratado como un martirio y al canónigo se le dio el título de mártir. Y los milagros no se hicieron esperar: cuando iba a ser enterrado, en el lugar donde fue acuchillado, «la sangre que se había derramado en aquel lugar, que fue mucha, comenzó como a refrescarse, y hervir, como si en aquel instante fuese herido»; se recogió empapando paños y se guardó como reliquia. Se enterró en el mismo lugar en que cayó malherido colocando una lápida sepulcral cerrando su tumba.

Los detenidos por el asesinato de Arbués no se limitaron a los que entraron a la catedral la noche del acuchillamiento del inquisidor y los acusados fueron ejecutados con celeridad. También afectó la represión a las principales familias judeoconversas como los Santángel, Paternoy, Sánchez o Montesa. Nueve de los detenidos fueron ejecutados, dos se suicidaron, trece fueron quemados en estatua y cuatro condenados por complicidad. Y con algunos fueron especialmente crueles; a Vidal Durango «le arrastraron por la ciudad y vuelto a la plaza de la Seo le ahogaron y le cortaron las manos». En el caso de Juan de Esperandeu, ajusticiado el 30 de junio de 1486, le cortaron las manos a la puerta de la catedral, le arrastraron por las calles hasta la plaza del mercado, fue decapitado en la horca, descuartizado y colocados trozos de su cuerpo por entradas de la ciudad y caminos.

Memoria de dicha violencia

En la Navidad de 1487 los Reyes Católicos, estando en Zaragoza, encargaron a Gil Morlanes que hiciera un sepulcro en el mismo crucero y que finalizó en 1490, con unos plafones narrando su muerte; sobre la tumba, rodeada por una verja de hierro, se colocó la estatua yacente del inquisidor. Al año siguiente de la muerte se hicieron exequias «como si fuera fiesta de un glorioso mártir de los canonizados por la iglesia». En 1499 la ciudad deliberó guardar memoria como a otros santos mártires patrones de la ciudad con luminaria continua y el emperador Carlos procuró que se nombre fuera puesto en el número de los santos y se remitió información a Paulo III y pidió se hiciera examen de los milagros que sobre la tumba se producían para que se pudiese canonizar su memoria por haber padecido martirio por la fe católica. También en 1614 lo reiteró Felipe II. En el siglo XVII el interés del Santo Oficio por la canonización de uno de sus inquisidores se redobló y en ese contexto debemos enmarcar las obras que se editaron de carácter hagiográfico sobre Arbués, especialmente las del canónigo y calificador del santo Oficio Vicencio Blasco de Lanuza, quien ya había dado noticias en sus Historias eclesiásticas y seculares o las del también inquisidor Diego García de Trasmiera. También el interés que la Monarquía Católica tuvo en promocionar santos nacionales de tal forma que su culto pudiera difundirse y ampliarse rápidamente. El 17 de septiembre de 1664 se celebró la beatificación del inquisidor Arbués y las fiestas debían tener un carácter plenamente religioso, excluyendo todo tipo de festejos de carácter profano como corridas de toros o bailes, cañas o comedias. En el inquisidor aragonés Pedro Arbués «se dan cita buena parte de las características más sobresalientes y comunes de la hagiografía barroca: el martirio y la muerte como paideia, como educadora y canalizadora de los comportamientos. A los que se suman los inexcusables portentos postmortem» (Moreno, Peña Díaz, 2012: 118). Una vez conseguido el Breve de beatificación se multiplicaron las ediciones narrando las fiestas en diferentes lugares, Zaragoza o Roma.

La tumba de Arbués, en el crucero de la catedral, fue retirada de ese lugar y trasladada a la capilla del beato (arquitectónicamente gótica), con altar y pinturas de los años 60 del siglo XVII, por decisión del arzobispo Francisco Gamboa y el cabildo y organizada tras la beatificación de Alejandro VI el 17 de abril de 1664 (la  canonización  debió esperar  con Pio IX en 1867). Se desmontó la verja que rodeaba la tumba, y se colocaron en la base del baldaquino del altar los plafones de la sepultura, quedando la estatua yacente en otras dependencias. La citada capilla fue decorada con pinturas de F. Jiménez Maza con escenas de la vida del inquisidor. En el retablo, la imagen del titular, de Juan Ramírez, de 1725, va vestido con ropas canonjiles sobre una nube y está bajo un baldaquino barroco de columnas salomónicas.

El auge por la canonización del inquisidor se redobló en el siglo XVII y desde las áreas de influencia del santo Oficio y de la catedral de la Seo. Parece evidente que se tomara ese interés desde ambos ámbitos ya que un santo da gloria a la institución de la que ha surgido, fortalece su imagen y la coloca por delante de muchas otras. Y ambas parecen estar necesitadas de ello, la Inquisición para reafirmar su poder e influencia y en un contexto histórico en el que el problema judeoconverso volvía a plantearse y la catedral haciendo notar su potencial de santidad salido de sus muros; no sólo por el canónigo Arbués, sino también por otro mártir a manos de los judíos, Domingo de Val.

La fiesta del santo Arbués se celebra el 17 de septiembre, el día que murió, tras dos días de agonía.

Murillo. Circa 1664. Muerte del inquisidor Pedro de Arbués. Museo del Hermitage. San Petersburgo.

José Luzán Martínez. 1757. Retablo representando a san Valero, san Vicente Mártir, san Pedro Arbués y santo Dominguito de Val. Museo de Zaragoza

Bibliografía

Lacarra, M. C., “Estatua de san Pedro Arbués”, en Fernando II de Aragón. El rey que imaginó España y la abrió a Europa (Catálogo de la exposición, Zaragoza-Palacio de la Aljafería, 10 de marzo/7 de junio de 2015), Zaragoza, Gobierno de Aragón, 2015, pp. 252-254.

Moreno, Doris, Peña Díaz, Manuel, «Cadalsos y pelícanos» el poder de la imagen inquisitorial”, Historia social, 74 (2012), pp. 107-124

Serrano Martín, Eliseo, “Devociones en Zaragoza en el siglo XVII: vírgenes aparecidas, mártires y obispos”, Dimensioni e problemi della ricerca storica, n.º 2 (2017).

Autoría

Eliseo Serrano Martín (Universidad de Zaragoza)