Barbastro, 1064

Resumen

En la primavera de 1064, un ejército franco compuesto por caballeros procedentes de Champaña, Normandía y Poitou, por una parte, y normandos del sur de Italia, por otro, asedió la ciudad musulmana de Barbastro situada en la Marca Superior de al-Andalus, que fue sometida a un brutal saqueo y sus habitantes reducidos a la esclavitud. A pesar de tratarse de una ciudad pequeña –para los estándares islámicos de la época–, su destrucción causó un enorme impacto tanto en la Europa feudal como en Al-Andalus y los abundantes testimonios de cronistas latinos y árabes confirman esta repercusión. El acontecimiento es en sí mismo muy importante, puesto que supone una excepcional expedición militar que coordinó a nobles de regiones diversas y muy lejanas de Barbastro, con un apoyo ideológico del papa Alejandro II, pero, además, ha adquirido un estatuto muy importante en la genealogía de las cruzadas que intentan trazar los historiadores desde los años 1930. ¿Fue esta campaña un ensayo de la primera cruzada, predicada por Urbano II en 1095?

Lugares

Barbastro

Fecha

abril-julio de 1064

Tipo de violencia

física, masacre y esclavización de la población. La ciudad fue sitiada y asaltada cuando la población se hallaba debillitada por la sed y el hambre.

Insitución/Agente

Un ejército de nobles del noroeste de Francia y del sur de Italia dirigidos por el duque de Aquitania, Guillermo VIII (1058-1086), y por Robert Crispin, con el impulso ideológico del papa Alejandro II (1061-1073).

Víctimas

Una ciudad entera que contaba entre 4.000 y 5.000 habitantes.

Contexto

Después de la derrota aragonesa en Graus en julio de 1063, en la que murió Ramiro I, es probable que Alejandro II pensara en coordinar una expedición armada cuya motivación es incierta. Vengar la muerte del rey, probablemente, pero también impulsar la figura del papado en los inicios de una reforma que pretendía una mayor centralidad de los papas en el gobierno de la Iglesia y en la relación con los poderes laicos. En un ambiente de exaltación creciente de la guerra santa contra los enemigos de la fe, los musulmanes se convirtieron en un objetivo privilegiado. Las relaciones de Alejandro II con Guillermo VIII de Aquitania explican la participación de este gran príncipe feudal, alrededor del cual se agruparon muchos nobles del arco territorial que va de Poitiers a Reims. Esos lazos del papa con los barones normandos que habían comenzado la conquista del sur de Italia justifican también que se sumaran al ejército franco. Es importante subrayar que los problemas logísticos eran mayúsculos. El viaje desde la región de Nápoles hasta Barbastro, como el itinerario desde el norte de Francia, requerían varios meses y una sólida preparación y disciplina. Una disciplina que se rompió en la zona de Narbona, donde los francos atacaron a las comunidades judías locales, lo que les valió una reprimenda del papa. Los dos ejércitos, el aquitano y el italiano, confluyeron ante Barbastro en abril-mayo de 1064, después de haber devastado la totalidad del norte del valle del Ebro, sitiaron la ciudad durante algunas semanas, rompieron las defensas del núcleo urbano y consiguieron la rendición de la guarnición de la fortaleza llamada la Zuda. El saqueo fue masivo y la población reducida a la esclavitud. Los más afortunados consiguieron ser rescatados por sus parientes o por las instituciones caritativas musulmanas, pero muchos otros, sin duda varios miles, fueron vendidos o arrastrados consigo por los vencedores hacia sus países de origen. Es significativo que todavía hoy en Reims y Poitiers haya calles llamadas de «Barbastro» que recibieron ese nombre de las casas que se construyeron los enriquecidos guerreros en los meses sucesivos.

La conmoción fue enorme en al-Andalus, prueba de la cual es la impresionante calidad de los testimonios cronísticos que nos han quedado, en especial los comentarios de Ibn Hayyan, Ibn Idhari, Ibn Bassam y al-Zahid ibn al-Assal, entre otros, lamentando la pérdida de Barbastro. Al año siguiente, en 1065, se predicó en al-Andalus la yihad para apoyar el esfuerzo del sultán de la taifa de Zaragoza, Ahmad ibn Sulayman (1046-1081), que reconquistó la ciudad en abril de 1065 del poder de Armengol III, conde de Urgell, que se había quedado como dueño de la ciudad tras la retirada de los francos. De nuevo, la repercusión de esta victoria fue enorme y aseguró un gran prestigio a Ahmad, que tomó el apelativo de al-Muqtadir billah, «el poderoso por Dios».

En términos estrictos, la campaña de Barbastro fue un fenómeno peculiar en la Europa del siglo XI, cuya mayor repercusión fue paralizar la ocupación de la comarca barbastrense hasta 1100 y obligar a los reyes aragoneses a tener muy en cuenta a partir de entonces a los papas y su capacidad de movilización.

Memoria de dicha violencia

Como se ha indicado, la caída de Barbastro tuvo un eco notable entre las elites cultas andalusíes, que explicaron con pormenores este episodio. Con todo, fue pronto superado por la conquista de Toledo (1085) y por otros avatares de las guerras entre los estados feudales y los grandes imperios bereberes desde 1090. En el ámbito europeo, es difícil medir la intensidad de la evocación de esta expedición. Un siglo más tarde, a finales del XII, un anónimo autor escribió un cantar de gesta muy fantasioso titulado Le Siège de Barbastre, que indica que todavía persistía un recuerdo vago y en proceso de desaparición de esta excepcional campaña. Sin embargo, la presencia de nobles relacionados con los barones del norte de Francia que participaron en el asalto barbastrense en Aragón entre 1080-1090 y, de nuevo, entre 1118 y 1134, sugiere que las tradiciones familiares que asociaban a algunos linajes nobiliarios con la guerra en las fronteras de al-Andalus persistieron.

Esta cuestión forma parte de otra mayor, la que han desatado los historiadores de las cruzadas, que discuten desde hace un siglo si Barbastro fue una cruzada, una protocruzada o un precedente de la cruzada, sobre la base de una controvertida bula papal en la que Alejandro II concede beneficios espirituales –la remisión de la penitencia por los pecados cometidos– para aquellos que murieran en el transcurso de la expedición. Los límites y contenido preciso de estas concesiones papales han hecho correr ríos de tinta, sin llegar a una conclusión firme. Se puede afirmar, no obstante, que la idea de cruzada exige que se refiera al viaje a Tierra Santa y Jerusalén, al menos durante la primera cruzada (1096-1099), por lo que cabe descartar este calificativo para la conquista de Barbastro. En cambio, la coincidencia geográfica y de las familias aristocráticas que acudieron a la llamada del papa en 1064 con las que se alistaron a la cruzada en 1096, apunta a que los cruzados tenían muy presentes las narraciones de sus padres y abuelos sobre lo que habían hecho en Barbastro. Por tanto, la noción de «protocruzada» es bastante razonable.

Y lo que habían hecho se puede calificar sin reservas de una masacre, al igual que ocurrió en Jerusalén en 1099, lo que emparenta ambos hechos en el marco general de un recrudecimiento de la guerra santa, que de santa tenía poco.

Bibliografía

Lalienta Corbera, Carlos y Sénac, Philippe, 1064, Barbastro. Guerra Santa y Yihad en la España medieval, Madrid, Alianza, 2020.

Autoría

Carlos Laliena Corbera (Universidad de Zaragoza)