En el otoño de 1377, corrió el rumor en la comarca de Huesca que habían sido robadas cinco hostias de la iglesia de Tardienta. Se acusó a Ramón Raffart, un ladronzuelo que, sometido a tormento declaró que las había vendido a unos judíos de Huesca. A pesar de la inverosimilitud de la confesión, Haim Andalet, Jaffuda y Manasem Abinbez fueron acusados a su vez. Haim Andalet consiguió huir, pero Jaffuda y Manasem fueron atormentados hasta que confesaron y acusaron a otros correligionarios de haberlas profanado. El infante Juan, gobernador de Aragón, e hijo de Pedro IV el Ceremonioso, activó el proceso y condenó al cristiano a ser descuartizado y a los dos judíos a ser quemados pocos días antes del 7 de diciembre de ese año. La persecución prosiguió contra otros judíos oscenses desde Zaragoza, hasta que intervino Pedro IV que consiguió que esta injusta investigación judicial cesase. Se trata de un ejemplo de la amenaza que pesaba sobre las comunidades hebreas en la Baja Edad Media por el auge de la intransigencia religiosa.